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Feast Days with Bishop Skip – Maundy Thursday

posted April 1, 2021

Written by Bishop Skip Adams

 

Just for the fun of it we’ll begin with a little Latin.  The liturgical name for today is taken from the first antiphon of the ceremony of the washing of the feet, “mandatum novum,” John 13:34.  It is obvious from where the English words “mandate” and “command” derive.

We find in the scriptures appointed for this day three mandates.  In Exodus, concerning the Passover, the Israelites are told “You shall keep it as a feast to the Lord.”  In I Corinthians, Paul, recounting the events of the meal on the night Jesus was betrayed, passes on Jesus’ words, “Do this in remembrance of me.”  Then in John’s Gospel we hear from Jesus directly a new commandment following his washing of the disciple’s feet, “Love one another; even as I have loved you, that you also love one another.”  There are no “may” rubrics here that give permission to opt out – declarative statements all around.

All of the events referenced, the Passover, the Lord’s Supper and the Foot Washing, are living sermons.  Each one is about love; God’s active love for us and our love for each other which is a way of loving God.  These great expressions of love are portrayed in the simple yet intimate acts of feeding and washing.  Is it not in moments of such service, diakonia, when we often are able to show our love in the offering of oneself to another?  Paul is saying there cannot even be a Eucharist in a community whose members do not love one another.

I think immediately of when my children were small and the delight, usually, of the high chair ceremony.  This was high church.  We got our positions, the vested bib was in place, and a jar of food was warmed in the special bowl for this mealtime alone, adorned with the family children’s spoon.  Tradition is important.  In this case the washing followed the eating, but bath time was also a highly ritualized event.

I am reminded too of such moments on the other end of life.  Times when my parents were ill and dying and once again vested in bibs and gowns, feeding and washing, intimate moments of connection through the love of eye contact and being close in deeply held thanksgiving that did not need words.  The gratitude was thick in the air and it went both ways.  Lots of remembering occurred.

One could argue that it was all sacramental in that each tender moment was an expression of the love that goes beyond oneself and is directed toward another.  Jesus’ death and resurrection, and the ways in which we remember him and one another, hold this entire cycle of life from birth to death.  It gives life to all, the giver and the receiver, and transforms the relationship.  A bond is forged that is indelible, never to be forgotten, and in such moments not a single morsel is lost because there time has no meaning.  Eternal life is made present.  It is the sacrament of the moment.  It is cosmic.

So it is with the pattern of the life of faith.  Such acts of Gospel love epitomize the paradox of the Gospel where at a table or wash basin the offerings of hospitality usually attributed to a common servant become revolutionary.  The three days initiated today, in their unity, invite us to this revolution of love.

 

 

Sólo por diversión empezaremos con un poco de latín.  El nombre litúrgico de hoy está tomado de la primera antífona de la ceremonia del lavatorio de los pies, “mandatum novum”, Juan 13,34.  Es obvio de dónde derivan las palabras en inglés “mandate” y “command”.

Encontramos en las escrituras designadas para este día tres mandatos.  En el Éxodo, a propósito de la Pascua, se dice a los israelitas: “La celebraréis como una fiesta para el Señor”.  En I Corintios, Pablo, relatando los acontecimientos de la cena de la noche en que Jesús fue traicionado, transmite las palabras de Jesús: “Haced esto en memoria mía”.  Luego, en el Evangelio de Juan, escuchamos directamente de Jesús un nuevo mandamiento tras el lavado de los pies de los discípulos: “Amaos los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también los unos a los otros”.  Aquí no hay rúbricas de “puede” que den permiso para excluirse, sino que se trata de afirmaciones declarativas.

Todos los eventos a los que se hace referencia, la Pascua, la Cena del Señor y el Lavado de los Pies, son sermones vivos.  Cada uno tiene que ver con el amor; el amor activo de Dios por nosotros y nuestro amor por los demás, que es una forma de amar a Dios.  Estas grandes expresiones de amor se retratan en los simples pero íntimos actos de alimentación y lavado.  ¿No es en los momentos de ese servicio, de la diaconía, cuando a menudo somos capaces de mostrar nuestro amor en el ofrecimiento de uno mismo a otro?  Pablo dice que no puede haber una Eucaristía en una comunidad cuyos miembros no se aman unos a otros.

Pienso inmediatamente en cuando mis hijos eran pequeños y en el deleite, por lo general, de la ceremonia de la trona.  Se trataba de la alta iglesia.  Nos colocamos en nuestras posiciones, el babero de la ropa estaba en su sitio, y un tarro de comida se calentaba en el cuenco especial para este momento de la comida solo, adornado con la cuchara de los niños de la familia.  La tradición es importante.  En este caso, el lavar seguía a la comida, pero la hora del baño también era un evento altamente ritualizado.

También recuerdo esos momentos en el otro extremo de la vida.  Tiempos en los que mis padres estaban enfermos y moribundos y, una vez más, se vestían con baberos y batas, alimentando y lavando, momentos íntimos de conexión a través del amor del contacto visual y estando cerca en una acción de gracias profundamente sostenida que no necesitaba palabras.  La gratitud era espeso en el aire y fue en ambos sentidos.  Se produjeron muchos recuerdos.

Se podría argumentar que todo era sacramental en el sentido que cada momento de ternura era una expresión del amor que va más allá de uno mismo y se dirige a otro.  La muerte y resurrección de Jesús, y las formas en que lo recordamos a él y a los demás, sostienen todo este ciclo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte.  Da vida a todos, al dador y al receptor, y transforma la relación.  Se forja un vínculo indeleble, nunca olvidado, y en esos momentos no se pierde ni un bocado porque allí el tiempo no tiene sentido.  La vida eterna se hace presente.  Es el sacramento del momento.  Es cósmico.

Así es con el modelo de la vida de fe.  Tales actos de amor evangélico personifican la paradoja del Evangelio, donde en una mesa o en un lavabo las ofrendas de hospitalidad normalmente atribuidas a un siervo común se convierten en revolucionarias.  Los tres días iniciados hoy, en su unidad, nos invitan a esta revolución del amor.

Obispo Skip