Feast Days with Bishop Skip | Saint Mary the Virgin

“O higher than the cherubim, more glorious than the seraphim, lead their praises, Alleluia!”  Many do not realize that these words beginning the second verse of hymn 618 in The Hymnal 1982 refer to Mary, the mother of Jesus.  The verse continues, “Thou bearer of the eternal Word, most gracious, magnify the Lord…”  This magnificent hymn names all the company of heaven joined in praise to God as we are invited to join the chorus.  Mary is the choir director.

Jim was the choir director in my home parish when I was in high school.  It was he who invited me to consider the possibility of a life lived in Christ at a time when I was searching and not sure about anything related to the entire God conversation.  I became willing to consider the possibility because I saw in him an authenticity reflected in pure joy as he led the youth and adult choirs of the parish.  He was real.  His life was an act of praise to God.  Each choir practice was an adventure of praise and thanksgiving as Jim gave voice to our song and we were invited to consider the God-possibility in each of us.  Life for me was never the same again.

I often say that one of the purposes of liturgy is to create a space in which we can fall in love with God.  In Mary’s great hymn of response to God’s invitation that we know as the “Magnificat,” we are drawn into a vision for God’s people that is radical and transformative:  “My soul magnifies the Lord, and my spirit rejoices in God my savior.” I remember my liturgics professor saying of this Song of Mary that of course she sung it as there is no renewal without music. As we hear in Mary the echoes of Hannah’s prayer from I Samuel, we learn that the renewed heart’s first responsibility is the worship of God which bears the fruit of a life lived in gratefulness.

Then comes a more radical turn as we find that a grateful heart leads to radical living.  Mary sings a vision of God that turns everything upside down.  Perhaps as she came to realize her own life was being turned topsy-turvy, she was able to align her own voice with a God who scatters the proud, puts down the mighty, exalts the lowly and sends the rich away empty.  And we wonder where Jesus got some of his ideas?  Just look at Mom.

The choir director is telling us that those we marginalize God glorifies.  Think of the 22 million refugees of the world fleeing the violence of their homelands.  See the homeless in our cities, many of whom are teenagers and a large number are mentally ill. Ponder those who are disabled in any way.  Consider those oppressed and ostracized for no other reason than for being who God created them to be.  Walk into a prison.  We could do no better than each day taking Mary’s lead and joining in the song she leads.  Sing that song each day and see what happens.  Perhaps by joining her choir we will find our lives renewed and conformed more closely to the One she bore and raised.  Here lies a hope that even our generation will call her blessed.

 

“¡Oh, más alto que los querubines, más glorioso que los serafines, dirige sus alabanzas, Aleluya!”  Muchos no se percatan que estas palabras que comienzan el segundo verso del himno 618 en El himno 1982 se refieren a María, la madre de Jesús.  El versículo continúa: “Tú, portador de la Palabra eterna, misericordioso, magnifica al Señor…”.  Este magnífico himno nombra a toda la compañía del cielo unida en la alabanza a Dios mientras se nos invita a unirnos al coro.  Mary es la directora del coro.

Jim era el director del coro de mi parroquia de casa cuando estaba en el instituto. Fue él quien me invitó a considerar la posibilidad de una vida vivida en Cristo en un momento en que estaba buscando y no estaba seguro de nada relacionado con toda la conversación de Dios.  Quedé dispuesto a considerar la posibilidad porque vi en él una autenticidad reflejada en pura alegría mientras dirigía los coros juveniles y adultos de la parroquia.  Era real.  Su vida fue un acto de alabanza a Dios.  Cada ensayo del coro era una aventura de alabanza y acción de gracias mientras Jim daba voz a nuestro canto y nos invitaba a considerar la posibilidad de Dios en cada uno de nosotros.  La vida para mí nunca volvió a ser la misma.

A menudo menciono que uno de los propósitos de la liturgia es crear un espacio en el que podamos enamorarnos de Dios.  En el gran himno de respuesta de María a la invitación de Dios, que conocemos como el “Magnificat”, se nos presenta una visión del pueblo de Dios que es radical y transformadora:  “Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador”. Recuerdo que mi profesor de liturgia decía de este Canto de María que por supuesto lo cantaba ya que no hay renovación sin música. Al escuchar en María los ecos de la oración de Hannah de I Samuel, aprendemos que la primera responsabilidad del corazón renovado es la adoración a Dios, que da fruto de una vida vivida en agradecimiento.

Luego viene un giro más radical, ya que descubrimos que un corazón agradecido conduce a una vida radical.  María canta una visión de Dios que lo pone todo al revés.  Tal vez cuando se dio cuenta que su propia vida se estaba volviendo turbulenta, fue capaz de alinear su propia voz con un Dios que dispersa a los orgullosos, baja a los poderosos, exalta a los humildes y envía a los ricos vacíos.  Y nos preguntamos de dónde sacó Jesús algunas de sus ideas.  Mira a mamá.

El director del coro nos dice que los que marginamos Dios glorifica.  Piensa en los 22 millones de refugiados del mundo que huyen de la violencia de su patria.  Observa a las personas sin hogar en nuestras ciudades, muchas de las cuales son adolescentes y un gran número de enfermos mentales. Reflexiona sobre los discapacitados de cualquier manera.  Considera a los oprimidos y condenados al ostracismo sin otra razón que por ser quienes Dios los creó para ser.  Entra en una prisión.  No podríamos hacer nada mejor que tomar cada día la dirección de María y unirnos a la canción que ella dirige.  Canta esa canción todos los días y ve qué pasa.  Tal vez al unirnos a su coro encontraremos nuestras vidas renovadas y conformadas más de cerca a la que ella dio y crió.  Aquí yace la esperanza de que incluso nuestra generación la llame bendita.

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